Just Down The Road - Sayulita

Thursday, February 2nd, 2012
Just down the road

Having changed from our sweater, jeans and jackets into shorts, t-shirts and flip-flops, we left the last bit of Seattle behind and crossed the bridge into Sayulita. Bridges are like that - allowing us to cross from one land into another. Ready for a different kind of vacation, we had asked around for possible destinations. "You ought to check out Sayulita," our friend told us, "It's just down the road from Puerto Vallarta, but a world away." "Oh yes," his wife gushed. "There is a town that is so different, so alive, so bohemian, so unique. It's really hard to explain." "Okay," my wife and I told them, "We'll take a chance."

Just down the road from Puerto Vallarta - more like an hour's drive - we pulled off the highway and into Sayulita. Crossing the bridge into Sayulita was indeed crossing the bridge into another world. Suddenly we were met with a cacophony of sights and sounds that were at first overwhelming. Dogs barking, roosters crowing and street vendors selling fruits and vegetables, fish and meat taco stands, old and young walking down the middle of town - lots of sounds. And colors - bold blues and yellows and greens! Never had we seen such color! Parking our car, we embraced this new experience. The cobblestone streets were quaint and inviting. People moved through town, stopping for conversation, laughing and smiling. Young people walked in groups of two or three, carrying their surfboards and heading for the beach, while parents carried their children and purchased food for their evening meal.

While at first it was too much - too much noise, too much color, too much traffic - our excitement quickly grew. The sounds and colors and people and sea air combined to create something quite intoxicating: Life! La vida feliz - happy life!

"Wow!" was all I could say to my wife, as she smiled broadly back at me, stopping every few feet to peer into the shops. We walked the happy streets, ate the happy fish tacos and strolled the happy beach. With the sun shining brightly, we settled into a beachfront restaurant to enjoy shrimp quesadillas and piña coladas, watching the surfers and allowing a year's worth of stress to slowly melt away. Then and there my wife and I decided we must return for more of this ‘vida feliz.'

There are many more nooks and crannies to explore here in Sayulita and we will be back!

By Dr. David B. Hawkins
Marriage Recovery Counselor

El camino a Sayulita

Después de haber cambiado de nuestros jerséis, pantalones y chaqueta a pantalones cortos, camisetas y chanclas, dejamos el último trozo de Seattle atrás y cruzamos el puente al centro de Sayulita. Los puentes son así - nos permiten pasar de una tierra a otra. Listos para un viaje diferente, habíamos preguntado por posibles destinos. "Ustedes deben conocer el pueblo de Sayulita", comentó nuestros amigos. "Está al norte de Puerto Vallarta, pero hay un mundo de diferencia entre los dos lugares." "Claro que sí", afirmó su esposa, "Es un pueblo tan diferente, tan vivo, tan bohemio y único; es difícil explicar." "Está bien," mi esposa y yo les dijimos. "Vamos a explorarlo."

Manejamos al norte de Puerto Vallarta una hora en coche y llegamos a Sayulita. Cruzando el puente en Sayulita fue como entrar en otro mundo. De repente nos encontramos con una cacofonía de imágenes y sonidos que al principio era abrumadora.  Había ladridos de perros, gallos que cantaban y vendedores y de la calle que vendían frutas y verduras, tacos de pescado y carne. Caminaban mayores y jóvenes por el centro de la ciudad - un montón de sonidos. ¡Y qué colores más vivos - azules y amarillos y los verdes! ¡Nunca habíamos visto tales colores tan brillantes! Al aparcar nuestro coche, abrazamos esta nueva experiencia. Las calles empedradas eran pintorescas y acogedores. La gente se movía por la ciudad, deteniéndose para conversar, reír y sonreír. Los jóvenes caminaban en grupos de dos o tres con sus tablas de surf en dirección a la playa, mientras que los padres llevaban a sus hijos, comprando alimentos para la cena.

Mientras que al principio era demasiado - mucho ruido, mucho color, mucho tráfico - nuestro entusiasmo creció rápidamente. Los sonidos, colores, la gente y el aire del mar se combinaron para crear algo muy embriagador, ¡una vida feliz!


"¡Guau!" nos comentamos, deteniéndonos cada pocos metros para mirar en las tiendas. Caminamos por las calles felices, comimos los tacos de pescado, paseando por la playa feliz. Con el sol brillando, nos instalamos en un restaurante frente al mar para disfrutar quesadillas de camarón y piñas coladas, observando a los surfistas y permitiendo que las penas y tensiones del pasado poco a poco se desvanezcan. Mi esposa y yo decidimos regresar para disfrutar más de esta "Vida Feliz".

Hay muchos rincones y recovecos para explorar aquí en Sayulita ¡y estaremos de vuelta!

Por Dr. David B. Hawkins
Consejero de Matrimonios